Revolución Sexual Femenina: Aparición de la “Píldora Anticonceptiva”.

Fuente imagen: Karina Felitti: “La revolución de la píldora, sexualidad y política en los sesenta”, Temas de la Argentina, de Editorial Edhasa, 2012.

Para presentarla alcanza con decir “la píldora”, sumarle el calificativo “anticonceptiva” es casi una obviedad: así, sin apellido, se la conoce desde los ’60, cuando llegó para darles a las mujeres una herramienta propia para separar el sexo de la maternidad obligada. Pero, como toda revolución, la de la píldora también requirió un largo proceso político, con críticas por izquierda y por derecha y con resistencias que se mantienen activas aún hasta hoy, cuando en la era post VIH/sida el brillo de la píldora se opacó, enfundada a la fuerza en un preservativo. Así también, emergieron las tensiones sociales y políticas que hubo detrás de esa sensación de poder que describen las mujeres que empezaron a usarla hace 50 años.   

“La salida al mercado de la primera píldora anticonceptiva se produjo en medio de los debates sobre la “explosión demográfica” y las transformaciones en las relaciones de género, los modelos familiares y las pautas de sexualidad. La píldora conmovió a la sociedad en su época y fue objeto de disputas entre instituciones y actores con expectativas e intereses muy diferentes. Ya fuera pensada como un arma del imperialismo o como un símbolo de la liberación femenina, esta pequeña pastilla marcó un punto de ruptura fundamental en la historia de la anticoncepción y la sexualidad”, enmarca la historiadora e investigadora Karina Felitti en su libro “La revolución de la píldora, sexualidad y política en los sesenta”, de la colección Temas de la Argentina, de Editorial Edhasa, 2012.

Un descubrimiento fortuito.

Han sido pocos los acontecimientos ocurridos en el campo de la farmacología y del desarrollo de medicamentos que han tenido efectos tan importantes y que hayan influido tan intensamente en aspectos tan sensibles y trascendentes como son la sexualidad y la reproducción. Derivada del descubrimiento fortuito realizado por el profesor de química Russel Marker, el concepto de la píldora evolucionó hasta convertirse en un elemento que sin ser medicamento ha logrado convertirse en la sustancia hormonal más utilizada por la mayor cantidad de mujeres sanas en el mundo. Pioneros en su desarrollo y en el estímulo otorgado a la investigación para lograr su producción, fueron Margaret Sanger, Gregory Pincus, Min Chueh Chang y John Rock, a quienes hay que hacer un reconocimiento por haberse atrevido a dedicar grandes esfuerzos y promover la independencia de las mujeres, del ciclo de dependencia entre la sexualidad y la maternidad consecuente a ella, mantenido históricamente y sin modificaciones desde los albores de la historia.

Margaret Sanger, nacida en el año 1879, había tenido diez hermanos y había presenciado las dificultades por las que atravesó su madre irlandesa, con unos embarazos casi continuos y en medio de una pobreza crónica, para terminar muriendo prematuramente. Posteriormente, como enfermera de un centro de maternidad en Manhattan, New York, al comenzar el siglo XX, se sintió igualmente impresionada por el elevado índice de embarazos no deseados y abortos inducidos. Ella creía que el tener menos hijos y en forma más espaciada, podría permitir a muchas familias conseguir una mejor calidad de vida, pero cuando intentó averiguar algo más acerca de la planificación familiar, descubrió que no existía ninguna información válida al respecto.

De esta forma, con la idea de realizar una planificación familiar, fue como la Asociación de Planificación Familiar de América (PPFA en inglés), se comprometió a financiar estudios para encontrar y producir un anticonceptivo hormonal para poder ser usado por las mujeres. Con este apoyo, se comenzó a trabajar en la búsqueda de un anticonceptivo oral que pudiera producirse a bajo precio.

Esto incluyó pruebas de laboratorio y a mediados de los años 50, un ensayo clínico con 897 mujeres de Puerto Rico y Haití, ya que en Estados Unidos no se permitió pruebas en humanos. Los resultados se presentaron a la FDA, organismo estadounidense que reglamenta los fármacos de ese país y que el 9 de mayo de 1960 dijo que revisaría el informe para en junio aprobar esta pastilla: Enovir-10, del laboratorio G. D. Searle. Esta píldora fue capaz de controlar el funcionamiento del sistema hipotálamo-hipófisis-gónada permitiendo que en forma eficaz se interrumpiera la ovulación, situación que logra ser manejada en forma voluntaria por las propias mujeres que así lo deciden.

Su composición era de 150 microgramos de estrógeno y 9,85 mg de progestina. Hoy, esto se considera una bomba de hormonas en comparación con las píldoras actualmente disponibles, que tienen la cuarta parte del estrógeno y un décimo de la progestina del Enovir-10.

Por desconocer sus efectos de largo plazo, la FDA limitó su prescripción durante dos años. Pero su arrollador éxito hizo que esto último fuera imposible. En poco tiempo, el mercado estaba inundado de nuevas marcas y a fines de 1964, cuatro millones de norteamericanas usaban esta píldora.

Situación en Chile.

En nuestro país también aparece la píldora en un momento de gran necesidad a pesar que ya hacía algún tiempo, en forma tímida, algunas ginecólogas y ginecólogos daban los primeros pasos para buscar disminuir la carga de embarazos no deseados y cortar el círculo de aborto en situación de riesgo y mortalidad materna, que era hasta ese momento la única manera de lidiar con el problema.

Antes de la aparición de la píldora, en 1938 los ginecólogos prescribían como  método anticonceptivo los diafragmas vaginales. Alrededor de 1959, en el hospital Barros Luco se comenzó a utilizar el famoso anillo de Zipper, que posteriormente fue reemplazado por la T de cobre, de amplia difusión en esos años.

En 1962, una de cada cuatro mujeres se había practicado entre uno y 35 abortos en su vida y el número de muertes por la misma causa se perdía entre las más de 30 mil mujeres que llegaban cada año a los hospitales por complicaciones derivadas de los abortos. Esas cifras aterradoras, que daban cuenta de una situación ya inmanejable para el sistema público, son las que encontró la píldora cuando llegó por primera vez a las estanterías de las farmacias locales.

Precedida de una fuerte controversia en Estados Unidos, luego de ver la luz el 9 de mayo de 1960 (dos años más tarde llegó a Chile), su arribo fue acompañado sólo de la promesa de revertir esos dramáticos números. Pero en la práctica, llegó mucho más allá: transformó -tal como ocurrió en el mundo entero- la estructura familiar, cambió la percepción sobre la sexualidad y dio el impulso final para que las mujeres comenzaran a reclamar territorios mayoritariamente masculinos. 

Los registros de la época señalaban que hasta antes de 1967, sólo 200 mil del millón 700 mil mujeres en edad fértil que había en el país, tomaban la píldora. En su mayoría, mujeres casadas de estratos altos, que con recetas en mano podían comprar Anovlar, de laboratorios Schering (hoy Bayer), en las farmacias. Claro que en ese momento las prescripciones utilizaban eufemismos terapéuticos como “irregularidades menstruales”, porque el tema de la sexualidad seguía sin conversarse entre las amigas ni entre padres e hijos.

                Hasta ese minuto, las mujeres en Chile tenían un promedio de cinco hijos y se embarazaban entre 10 y 12 veces durante su vida fértil. Los métodos anticonceptivos de entonces eran muy rudimentarios y con alto nivel de fracasos (diafragma y preservativos). El más infalible era la abstinencia, razón por la que muchos matrimonios optaban por dormir separados.

En ese escenario, el nuevo fármaco modificó para siempre la mirada de la mujer acerca de su futuro: comenzó a decidir cuándo y cuántos hijos tener. De hecho, una década después, el número de hijos por mujer había bajado a cuatro. Eso tuvo consecuencias: en 1960, sólo dos de cada 10 mujeres tenían un trabajo remunerado (hoy, el 60% de las mujeres entre 18 y 60 años trabaja fuera del hogar) y nueve mil, un título universitario (actualmente, seis de cada 10 titulados son mujeres).

¿Todos contra la píldora?

“La historia de la píldora, es una historia de la sexualidad femenina y de su utilización política”, dice Filitti. Ella rescata las discusiones políticas que desató esta nueva costumbre de tomar la pastilla. “Había tensiones y no todas las feministas estuvieron a favor de la píldora, sino que muchas la denunciaron como un arma de control del cuerpo de las mujeres y de control demográfico. Muchas feministas negras, lesbianas, de países del Tercer Mundo habían dicho que la revolución sexual y la reivindicación de la píldora era algo de las feministas blancas de clase media, pero que no representaba la liberación de todas las mujeres. Y que para que una feminista de Estados Unidos haya tomado la píldora con tranquilidad, antes una mujer de Puerto Rico había tenido que hacerlo en fase de experimentación.”

Y bueno, era de esperar que los sectores de derecha, dictatoriales u ortodoxos estuvieran en contra de este método. Pero, ¿Qué pasó con los movimientos revolucionarios? La historiadora repasa: “Otra cosa interesante es la coincidencia de los sectores más conservadores, que criticaban la planificación familiar y la píldora porque atentaba contra los valores católicos y la soberanía del país, y de la izquierda, para la cual es una herramienta del imperialismo que impide que América latina crezca y pueda dar su batalla y por eso van a rechazar la píldora, que la ven como una reivindicación de la burguesía y no del pueblo. Esas voces son, muchas veces, de varones. No hay lugar para pensar las demandas de las mujeres en relación con su cuerpo y la autonomía de su cuerpo. ‘Mi cuerpo es mío’ o ‘lo personal es político’ no termina de calar en las bases. Es muy complicado no quedar pro-yanqui y apoyar la autonomía de las mujeres. El feminismo de las mujeres es atacado por izquierda y por derecha.

Independencia sexual.

            La consecuencia social del desarrollo de la farmacología contraceptiva que se implanta a finales de los años 60 es que divide la sexualidad en dos campos estancos. Por un lado está la capacidad de engendrar, y por otro, completamente separado, la capacidad de gozar de placeres específicos. Separamos sexo y procreación, ahora las mujeres podrían obtener la liberación de su dependencia de su vida sexual con respecto a la maternidad. Con el primer medicamento destinado a ser usado en gente sana y además durante períodos prolongados de tiempo, se consigue un gran paso, progreso indiscutible hacia la búsqueda de la igualdad de la mujer con el hombre, liberándola de la amarra difícil de romper de sexualidad y embarazo. En otras palabras, la mujer llegaba a conseguir una situación que hasta ahora era sólo privilegio inequitativo del varón, cual era la de ejercer su sexualidad sin el riesgo de la llegada de un hijo, sin quedar embarazada.

        

                Desde entonces, los laboratorios han trabajado intensamente para crear una variedad de versiones más seguras en el campo de los anticonceptivos orales, y con menos efectos colaterales. A corto andar, Hershel Smith en 1963 sintetizó el racemato de norgestrel gonano, siendo la primera síntesis total de un gestágeno. Poco tiempo después se aisló su componente biológicamente activo, el levonorgestrel.

                En la década de los setenta fue observado y demostrado que los anticonceptivos orales con sus altas dosis conferían además algunos beneficios para la salud, pero también un aumento en el riesgo cardiovascular. Pronto fue evidenciada una relación directa entre la concentración estrogénica y los eventos cardiovasculares. Fue el British Committee on Safety of Drug quien comunicó que los productos con más estrógenos tenían relación con más informes de embolia pulmonar, trombosis de venas profundas, trombosis cerebral y trombosis coronaria. A su vez el Kingdom’s Royal College of General Practitioners, informó que con la reducción del contenido de estrógenos se disminuía la incidencia de trombosis en un 25%, por lo tanto los anticonceptivos orales pasaron de las altas concentraciones estrogénicas a las inferiores a 50 ug por tableta. Dionne y Vickerson en 1974, sugirieron reducir aún más los estrógenos — a 30 ug —, siendo estas denominadas microdosis y anunciaron que a estas dosis el riesgo relativo de trombo-embolismo es similar al de la población no usuaria de anticonceptivos orales. Hoy día están disponibles píldoras que incluyen 20, e incluso 15 ug de etinilestradiol, sustancia que ha seguido siendo el estrógeno más utilizado.

Conclusiones.

            En una época en la que cobraron visibilidad nuevos modelos de relación entre hombres y mujeres, cambios en las configuraciones y vínculos familiares y pautas más abiertas en términos de moral sexual, la salida al mercado de la primera píldora en mayo de 1960 tuvo recepciones dispares y generó numerosos debates.

                En este hemisferio, mientras que algunos actores hallaron en la pastilla anticonceptiva un símbolo de liberación sexual, otros la concibieron como una nueva herramienta del imperialismo.

                Posibilitó a la mujer la libertad de elegir sobre su sexualidad y, en consecuencia, empoderarse de su modo de vida.

Por otra parte, los derechos reproductivos forman parte de los derechos humanos, y entre ellos se consideran el derecho de todas las parejas a decidir libre y responsablemente el número de hijos y el intervalo entre ellos; a obtener información y acceder a métodos seguros, eficaces, asequibles y aceptables de su elección para la regulación de la fecundidad; a recibir servicios adecuados de atención de la salud, que permitan los embarazos y partos sin riesgos; a alcanzar el nivel más elevado posible de salud sexual y reproductiva y a adoptar decisiones en materia sexual sin ningún tipo de discriminación, coacción o violencia.  

 

 

 

 

 

 

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