[Opinión] La visita de un papa sin autoridad

Karla Huerta

Estudiante de Teología y militante del Movimiento Autonomista.

 

 

Posiblemente era impensable para la generación anterior que esperó a Juan Pablo II, la reacción actual de la ciudadanía chilena ante la visita de Francisco. La última encuesta CADEM dice que un 80% del país rechaza que esta visita haya sido financiada por el Estado, sólo un 29% considera que esta sea importante, y entre los católicos incluso sólo un 35%.

El mundo progresista católico se agarra la cabeza reclamando cómo es posible que el Papa que habla contra la depredación capitalista, a favor de los pobres, contra el clericalismo y a favor de los homosexuales, no sea reconocido y valorado en Chile. Parece una desfachatez, demasiada inconsciencia, signo del demonio en una sociedad de la indiferencia. Así han salido a defender la visita usando los más viejos argumentos autoritarios replicados del mundo conservador, recordándonos que se trata de “la visita del Vicario de Cristo”, y que por lo tanto debemos guardar respeto, escuchar, dejarnos sorprender y esperar. Invocan y reclaman con un tono de superioridad moral que a Chile le falta una experiencia espiritual más profunda.

¿y qué esperaban? ¿Qué todos recibiéramos al Papa como si fuera una autoridad moral y espiritual que, lamentablemente, hoy no es? La Iglesia y el Papa si tienen algo significativo que “predicarnos” es dando explicaciones y pidiendo perdón.

Mientras tanto, el mundo conservador, que son los anfitriones de la visita, se han esforzado en colocar grandes escenarios para misas masivas que alejen al Papa de la gente real, han aparecido en la TV hablando de sumas de dinero, pidiendo dinero en cajeros automáticos, bendiciendo aviones, hablando del menú del Papa, trivialidades, superficialidades, nada de contenido, y suspendiendo la discusión democrática en el Congreso sobre identidad de género para asistir a la misa multitudinaria. Han dicho, eso sí, que el Papa no se juntará con las víctimas de abuso sexuales perpetrados por sacerdotes por razones de agenda, aunque tampoco con los mapuches, ni los movimientos sociales ni populares del país, tampoco con la comunidad laical del Osorno. Sólo se reunirá en privado con sacerdotes y obispos, pero esa conversación que tendrán -quién sabe para qué- la pagaremos todos los chilenos.

Parece un crimen. Así es como en los últimos meses la Iglesia chilena logró dilapidar la imagen del Papa, cuestión que explotó en todos los medios de comunicación del país una semana antes de su llegada a Chile. Aunque no fue sólo la Iglesia chilena la culpable de este desprestigio -es necesario también decirlo-, pero ayudó a profundizarlo.

El Papa ya estaba siendo gravemente cuestionado en medio de los casos de abuso sexual cometidos en Chile, tras la acusación de encubrimiento sobre varios obispos que no han sido removidos de sus diócesis -como el caso de Juan Barros- así como el nombramiento del Cardenal Errázuriz en la comisión de confianza del Papa que dice pretender reformar la Curia (recordemos que Errázuriz es acusado de encubrimiento del caso Karadima y de impedir la inclusión Juan Carlos Cruz en la Comisión Contra los Abusos del Vaticano). Luego, la organización Bishop Accountability hizo pública una nómina de 78 denuncias de abuso sexual contra obispos en ejercicio, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas. Al día siguiente además conocemos por Ciper que la Iglesia chilena recibiría al Papa ocultando el fallo por abusos sexuales del ex obispo de Iquique, Marco Órdenes. Eso, sin contar otro tipo de abusos de poder contra profesores críticos de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile – una Universidad que se dice pública y donde se educan los futuros sacerdotes de Chile y Latinoamérica con recursos del Estado-, el último realizado contra el biblista Mike van Treek por escribir una columna sobre la influencia de la dictadura militar en la redacción de los principios de la Universidad que seguramente debió molestar al obispo castrense que preside hoy la Conferencia Episcopal. Y así, suma y sigue.

Entonces, luego uno se pregunta, ¿y qué esperaban? ¿Qué todos recibiéramos al Papa como si fuera una autoridad moral y espiritual que, lamentablemente, hoy no es? La Iglesia y el Papa si tienen algo significativo que “predicarnos” es dando explicaciones y pidiendo perdón. Si Dios habla en el mundo y en la historia, estoy segura de que grita junto a los laicos de Osorno “¡Fuera Barros!”, estoy segura que reclama por el financiamiento del viaje. Hace rato que el Concilio Vaticano II nos enseñó que éramos todos iguales, un sólo Pueblo. La dignidad del Papa, ni la de ningún obispo, es superior a la dignidad de cualquier bautizado/a, joven o niño/a. Hoy Chile reclama justicia, ya no contra el dictador, sino contra las autoridades de la Iglesia chilena y el Papa que hasta ahora han sido indolentes ante el sufrimiento inocente de quienes eran antes sus súbditos, y de los pobres de Chile que han sido usurpados -y mediante la complicidad del Estado- por el costo de este viaje. No vamos a decir de qué modo han dañado la fe de nosotros, los propios cristianos/as.

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